Yo (que no soy muy Pro-Facebook, ó muy pro-tecnología, que digamos) le digo: “Tu ta loca, “stalker”, para que tu la quieres buscar?” Y luego ella me dijo: “Bueno, yo quiero ver quien es para que no vayas a salir con una loca”.
Cuando ella me respondió esto, me pasó por la mente lo que ella “sutilmente” me quiso decir: “Ok, ¿y qué te hace pensar que yo voy a salir con una loca? Le respondo yo.
Su respuesta fue algo que en verdad yo ya sabía pero me chocaba oírlo en palabras concretas “Bueno tu como que tienes un “keen eye” para enamorarte de la más loca de la sala”. “Ah que bueno saberlo” le dije ambivalentemente aunque en mi interior estaba sorprendido. Mi hermana me estaba diciendo básicamente que yo era un prodigio en enamorarme de la más perra de los sitios. Yo lo cogí como un cumplido, ¿quién en su sana mente se sentiría mal por eso?
A la mañana siguiente (que era domingo por cierto) me propuse una meta. Yo iba a poner mi don a prueba. Voy a ir a un lugar en donde sea poco usual que vaya una muchacha “perra” y en caso de que la haya la iba a tratar de ubicar. Luego de proponerme frente al espejo esta “misión imposible” me dí un baño y me puse lo normal: una camisa negra y unos jeans.
De camino a la misa de las 12 estaba pensando en el grado de locura (y de aburrimiento) que debe tener una persona para proponerse una cosa así. Pero a los 5 minutos desistí. Esa era mi misión y la iba a cumplir.
Encontré parqueo fácil (cosa difícil en este país), me desmonto del carro. Frente a mí estaba la casa de Dios. Grande e imponente era la Iglesia. Estaba pintada de un color blanco, los ventanales y la puerta eran de madera. A todo lo largo del borde de las paredes había sembrado trinitarias. Miré mi reloj, 11:56. Estoy justo a tiempo.
Abro la enorme puerta y entro a la Iglesia. No hago yo entrar y una señora delgada con el cabello blanco, y con una sonrisa maternal (una señora mayor que siempre quiso ser monja pero no se contuvo y se convirtió en una “ayudante de la parroquia”, literalmente) me entrega un panfleto. Lo tomó y le doy las gracias. Lo ojeó por arriba y me doy cuenta que es el itinerario de la eucaristía de hoy. Lo guardo en mi bolsillo de atrás de los jeans y lanzó una mirada panorámica para tener una idea de los materiales con los que iba a trabajar. Irónicamente no había nadie. Veinte bancos de madera vacíos. Extraño ¿no? No le doy mucha mente a este fenómeno de la naturaleza y me siento en uno de los bancos que estaban ubicados en el medio de la sala. Esta ubicación es excelente ya que no estoy en los de alante como si fuera un monje pero tampoco estoy en los de atrás como si fuera un pecador. Miré hacia la izquierda y hacia la derecha. Me sentía extraño en verdad porque nunca había estado en una iglesia vacía. Yo sobre salía como un punto negro en un mar blanco.
La banda empieza a ensayar. Tocaban una guitarra acústica, un piano y una voz, todo lo necesario, una excelente combinación. Estaban tocando una de esas canciones religiosas que siempre tocan. Al tiempo de oír la canción me dejé llevar por la melodía y cerré los ojos.
De repente siento que alguien me toca el hombro. Abro los ojos medio desorientado y miro hacia arriba. Frente a mí estaba parado un padre (Bajito, Blanco, Calvo, Gordo y con unos anteojos redondos): “Y este maldito loco” me digo a mí mismo. Me levanto del banco y le digo:
“Hmm parece como que me quedé dormido durante su misa entera, que pena”
El me mira raro y dice: “No importa, por lo menos te lo llevas en el subconsciente” y se señala la cien. “Sí, bueno, algo e’ algo yo siempre digo” Y le hago la señal de OK (la del pulgar hacia arriba).
Sin más redundancia le digo: “Bueno padre, como se acabó la misa ya me voy (sin mi misión cumplida Carajo)”.
A lo que el responde: “Hijo, estás libre de quedarte aquí si quieres. Ya las madres no quieren dejar que sus hijos sean monaguillos aquí por la cuestión de los sacerdotes pederastas. Tenemos que buscar diferentes formas de diversión, si sabes a lo que me refiero…” El padre se acerca y se me queda mirando fijamente y me pica el ojo. Yo primero pongo mi cara de “No entiendo”, Luego caigo en lo que me estaba tratando de decir y pongo mi cara de “Vete al diablo” y le saco el dedo.
Obviamente el loco se intriga y pone cara de pícaro. Yo una de tristeza. Poco a poco la Iglesia se va tornando oscura y oscura y el padre con expresión sádica se va acercando más y más. Intento correr pero no puedo. La sala se vuelve totalmente oscura. No veo nada. De repente despierto, me levanto de un brinco y grito: “ALEJATE PEDERASTA MALDITO!!!!!” La única diferencia es que la Iglesia esta vez estaba llena. Padres, Madres, Hijos, Abuelos (Por Dios! abuelos), Todos me oyeron decir esas palabras. Una vieja que estaba sentada delante de mí me miraba y tornaba la cabeza en signo de negación y con cara de disgusto. Un niño se puso a llorar. El padre me mira con cara de desconcierto y enojo y me dice: “¿Quién te envió, José Juan de los Santos? Ese maldito, yo sabía que no podía decirle nada a ese maldito.” Y salió corriendo por la puerta de atrás.
Yo me quedó en el aire, al igual que todos los que estaban presentes.
Abrí los brazos y mire hacia arriba. Mientras hacía el movimiento de negación con la cabeza le digo a Dios en voz baja: “NO por Dios! Que es esto?”. Luego realicé la señal de paz con las manos y se la mostré a todos. Creo que ya es hora de irme. Mientras me dirigía hacia la salida me tope con la vieja que me había entregado el panfleto al principio. Cuando le pase cerca le pique un ojo (sinceramente hasta el sol de hoy no he sabido porque). La vieja del panfleto se sonrojó muy pícara y me devolvió la picada de ojo. En ese mismo instante me dije a mí mismo: “Eureka, encontré a la más perra”. Entré a mi carro y arranque para mi casa con la misión cumplida y el don confirmado.